domingo, 14 de marzo de 2010

Fotografías depapel - Ventanas

Almódovar del Río (Córdoba) - Castillo.
Fotografía: depapel

sábado, 13 de marzo de 2010

Amigos


-->Miguel Cabello
Encuadernador, maestro de encuadernación.

Lo mío no son las fechas, pero sería en torno al año 1983 ó 1984 cuando entré por primera vez en el taller de encuadernación de la Escuela de Artes y Oficios, Mateo Inurria, de Córdoba. Estaba el armario de las herramientas abierto, colgaban de sus puertas serruchos, mazos de madera, martillos de zapatero, cuchillas, grandes reglas metálicas. Creí que me había equivocado de taller, pero no, allí en la puerta de la clase lo ponía bien clarito: ENCUADERNACIÓN.

Y allí estaba el maestro, Don Miguel, el encargado de enseñarme que los libros, además de leerse y venderse (mi relación con ellos hasta ese momento), se podían transformar en objetos bellos.


Con su sabiduría, maestría y una paciencia proverbial, hizo posible que aprendiera a coser, encartonar, c
hiflar, dorar y todas las materias necesarias para la encuadernación de un libro.

Cuando a final de cada curso, las alumnas y los alumnos del taller apilábamos nuestros trabajos sobre las mesas del taller, para su evaluación, el número de mis trabajos siempre era de los más pequeños, tengo una justificación. Don Miguel, acostumbraba a decirnos, mientras resolvía algún problema técnico o arreglaba algún estropicio de sus aprendices, “haced lo que os digo, no lo que hago”. Y es verdad que en su explicación estaba la explicación académica, ortodoxa, pero en sus manos estaba la sabiduría que da la experiencia, el saber de muchos años de oficio. Y yo, desobedeciéndole, me pasaba muchas horas de clase siguiéndolo, silenciosamente, de mesa en mesa, sólo observándolo. Con la perspectiva del tiempo, creo que no me equivoqué, aprendí mucho más de su honesta maestría artesanal que de la ortodoxia académica en torno a la encuadernación.


La labor de Miguel tenía continuidad en su taller de encuadernación de la calle Munda, donde realizaba encargos para clientes que disf
rutaban con sus bellos trabajos. Hoy, ya jubilado, son sus hijos Rafa y José, los que continúan con el hermoso trabajo de convertir un objeto maravilloso, como es un libro, en algo aún más bello, tras pasar por las manos de un buen artesano encuadernador.

En depapel, a día de hoy, y, aunque decoramos nuestros libros de forma distinta e incluso buscamos nuevas formas de presentación de los textos, seguimos usando las técnicas de encuadernación, aprendidas ya ha tanto tiempo en aquella clase de encuadernación. Gracias MIGUEL.






viernes, 12 de marzo de 2010

Autores

Miguel Delibes
(1920 - 2010)














Discurso de ingreso de Miguel Delibes en la Real Academia de la Lengua (Fragmento)
Cuando escribí mi novela El camino, donde un muchachito, Daniel el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña villa para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de reaccionario. No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel el Mochuelo era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional.
Posteriormente mi oposición al sentido moderno del progreso y a las relaciones Hombre-Naturaleza se ha ido haciendo más acre y radical hasta abocar a mi novela Parábola del náufrago, donde el poder del dinero y la organización -quintaesencia de este progreso- termina por convertir en borrego a un hombre sensible, mientras la Naturaleza mancillada, harta de servir de campo de experiencias a la química y la mecánica, se alza contra el hombre en abierta hostilidad. En esta fábula venía a sintetizar mi más honda inquietud actual, inquietud que, humildemente, vengo a compartir con unos centenares -pocos- de naturalistas en el mundo entero. Para algunos de estos hombres la Humanidad no tiene sino una posibilidad de supervivencia, según declararon en el Manifiesto de Roma: frenar su desarrollo y organizar la vida comunitaria sobre bases diferentes a las que hasta hoy han prevalecido.
De no hacerlo así, consumaremos el suicidio colectivo en un plazo relativamente breve. Su razonamiento es simple. La industria se nutre de la Naturaleza, y la envenena y, al propio tiempo, propende a desarrollarse en complejos cada vez más amplios, con lo que día llegará en que la Naturaleza sea sacrificada a la tecnología. Pero si el hombre precisa de aquélla, es obvio que se impone un replanteamiento. Nace así el Manifiesto para la Supervivencia, un programa que, pese a sus ribetes utópicos, es a juicio de los firmantes la única alternativa que le queda al hombre contemporáneo. Según él, el hombre debe retornar a la vida en pequeñas comunidades autoadministradas y autosuficientes, los países evolucionados se impondrán el «desarrollo cero» y procurarán que los pueblos atrasados se desarrollen equilibradamente sin incurrir en sus errores de base.
Esto no supondría renunciar a la técnica, sino embridarla, someterla a las necesidades del hombre y no imponerla como meta. De esta manera, la actividad industrial no vendría dictada por la sed de poder de un capitalismo de Estado ni por la codicia veleidosa de una minoría de grandes capitalistas. Sería un servicio al hombre, con lo que automáticamente dejarían de existir países imperialistas y países explotados. Y, simultáneamente, se procuraría armonizar naturaleza y técnica de forma que ésta, aprovechando los desperdicios orgánicos, pudiera cerrar el ciclo de producción de una manera racional y ordenada.
Tales conquistas y tales frenos, de los cuales apenas se advierten atisbos en los países mejor organizados, imprimirían a la vida del hombre un sentido distinto y alumbrarían una sociedad estable, donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a otros valores específicamente humanos.
Esto es, quizá, lo que yo intuía vagamente al escribir mi novela El camino en 1949, cuando Daniel, mi pequeño héroe, se resistía a integrarse a una sociedad despersonalizada, pretendidamente progresista, pero, en el fondo, de una mezquindad irrisoria. Y esta intuición, cuyos principios, auténticamente revolucionarios, fueron luego formulados por un plantel respetable de sabios humanistas, es lo que indujo a algunos comentaristas a tachar de reaccionaria mi postura. Han sido suficientes cinco lustros para demostrar lo contrario, esto es, que el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones Hombre-Naturaleza en un plano de concordia.

Enlace al discurso completo:
http://www.angelfire.com/pe/delibes/discurso2.htm

jueves, 11 de marzo de 2010

Fotografías depapel - Córdoba

Patio de los Naranjos
Fotofrafía: depapel

miércoles, 10 de marzo de 2010

Papelería depapel


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Carpetas
Tenemos a la venta dos modelos, en tamaño 34 X 24 cm y en tamaño 50 X 35 cm, con solapas en el interior y con cierre de gomas o de lazo. Ilustramos sus portadas con imágenes de monumentos, plantas, dibujos o cualquier imagen que nos proporcionen nuestros clientes.
También realizamos, por encargo, carpetas para congresos con solapas y bloc para notas, que podemos realizar en variados tamaños.





martes, 9 de marzo de 2010

Arte con libro


Edward Hopper - Compartment C, car 193. 1938

lunes, 8 de marzo de 2010

Libros


Elogio de la locura

Erasmo de Rotterdam









domingo, 7 de marzo de 2010

Fotografías depape l- Ventanas

Córdoba - Iglesia de San Miguel
Fotografía: depapel

Fotografías depapel - Córdoba

Averroes. Obra de Pablo Yusti, situada en la calle Cairuán de Córdoba.
Fotografía: depapel

sábado, 6 de marzo de 2010

Libros

El rayo que no cesa
Miguel Hernández








viernes, 5 de marzo de 2010

Haciendo papel III


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En la anterior entrada sobre el tema, nos quedamos haciendo los papeles y colocándolos sobre los trapos. Cuando hayamos terminado nuestra tarea, o tengamos una pila de papeles con sus trapos correspondientes (50 ó 60 en nuestro caso), procederemos al siguiente paso: tender.
  • Previamente, colocamos un trapo sobre el último papel que hayamos hecho, y con una tabla de tamaño un poco mayor que nuestro papel, apretamos fuertemente sobre la pila de papeles y trapos. Esto servirá para que escurran agua sobrante.



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  • Ahora ya sólo queda ir separando cada trapo con su papel encima del montón que acabamos de prensar, para ello, cogemos el trapo por dos esquinas y lo levantamos hasta ponerlo vertical, el papel está adherido a su trapo y no se nos caerá. Y, al tendedero.


  • Pillamos el filo del trapo con las pinzas y, a esperar a que se seque. Al aire libre, en Córdoba, en pleno verano… un rato; en invierno, tres o cuatro días.




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  • Una vez seco, ya podemos separar el papel del trapo. Para ello, despegamos un poco, con el dedo, el filo del papel y tiramos de él hasta separarlos totalmente. Y ya tenemos nuestro papel listo para su uso. En nuestro caso, y, previo al paso por la impresora, lo dejamos en la prensa unas horas.





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Como decíamos en nuestra primera entrada, esta es nuestra técnica actual de hacer papel, pero existen muchas técnicas y muchas posibilidades dentro de cada una de ellas. Explicaremos, en otras entradas, variantes y posibilidades del papel reciclado, pondremos enlaces a otros sitios con otras técnicas, y comentaremos algunos libros y publicaciones sobre el tema. Así que…
Continuará…