Umberto Boccioni - La señora Massimino, 1908
lunes, 19 de abril de 2010
sábado, 17 de abril de 2010
viernes, 16 de abril de 2010
jueves, 15 de abril de 2010
miércoles, 14 de abril de 2010
martes, 13 de abril de 2010
lunes, 12 de abril de 2010
Noticias depapel
Feria del Libro - Córdoba 2010
Ediciones depapel estará presente, con una caseta, en la Feria del Libro de Córdoba, que se celebrará entre los días 17 y 25 de abril, en el Bulevar del Gran Capitán.
También, llevaremos a cabo dos presentaciones de libros:
El día 20 de abril, a las 18,30 en el edificio del Ayuntamiento, en Bulevar del Gran Capitán, presentaremos Antología Poética, de Antonio Machado. Presentará el libro José Nevado, director del C.E.I.P. Santuario.
El día 21 de abril, a las 18,30 en el edificio del Ayuntamiento, en Bulevar del Gran Capitán, presentaremos Poemas, de Fernando Sánchez Mayo. Presentarán el libro Juan Pérez Cubillo, profesor de literatura y el autor del libro, que posteriormente firmará ejemplares en la caseta de firmas.
Ediciones depapel estará presente, con una caseta, en la Feria del Libro de Córdoba, que se celebrará entre los días 17 y 25 de abril, en el Bulevar del Gran Capitán.
También, llevaremos a cabo dos presentaciones de libros:
El día 20 de abril, a las 18,30 en el edificio del Ayuntamiento, en Bulevar del Gran Capitán, presentaremos Antología Poética, de Antonio Machado. Presentará el libro José Nevado, director del C.E.I.P. Santuario.
El día 21 de abril, a las 18,30 en el edificio del Ayuntamiento, en Bulevar del Gran Capitán, presentaremos Poemas, de Fernando Sánchez Mayo. Presentarán el libro Juan Pérez Cubillo, profesor de literatura y el autor del libro, que posteriormente firmará ejemplares en la caseta de firmas.
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domingo, 11 de abril de 2010
Libros depapel
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Antología poética
Antonio Machado
En sus 50 triangulo-páginas de papel Canson, hemos impreso los poemas que hemos seleccionado del poeta y las fotografías que acompañan a algunos de los poemas.
La encuadernación es la tradicional, con tapa dura y cuadernillos cosidos a mano en el telar, la portada y la contraportada están elaboradas con nuestro papel.
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sábado, 10 de abril de 2010
viernes, 9 de abril de 2010
jueves, 8 de abril de 2010
miércoles, 7 de abril de 2010
Libros
Réquiem por un campesino español
Ramón J. Sender
Era ya de noche, y en lo alto se veían las estrellas. Paco preguntó:
-¿Esa gente es pobre, mosén Millán?
-Sí, hijo.
-¿Muy pobre?
-Mucho.
-¿La más pobre del pueblo?
-Quién sabe, pero hay cosas peores que la pobreza. Son desgraciados por otras razones.
El monaguillo veía que el sacerdote contestaba con desgana.
-¿Por qué? -preguntó.
-Tienen un hijo que podría ayudarles, pero he oído decir que está en la cárcel.
-¿Ha matado a alguno?
-Yo no sé, pero no me extrañaría.
Paco no podía estar callado. Caminaba a oscuras por terreno desigual. Recordando al enfermo el monaguillo dijo:
-Se está muriendo porque no puede respirar. Y ahora nos vamos, y se queda allí solo.
Caminaban. Mosén Millán parecía muy fatigado. Paco añadió-
-Bueno, con su mujer. Menos mal.
Hasta las primeras casas había un buen trecho. Mosén Millán dijo al chico que su compasión era virtuosa y que tenía buen corazón. El chico preguntó aún si no iba nadie a verlos porque eran pobres o porque tenían un hijo en la cárcel y mosén Millán queriendo cortar el diálogo aseguró que de un momento a otro
el agonizante moriría y subiría al cielo donde sería feliz. El chico miró las estrellas.
-Su hijo no debe ser muy malo, padre Millán.
-¿Por qué?
-Si fuera malo, sus padres tendrían dinero. Robaría.
El cura no quiso responder. Y seguían andando.
Paco se sentía feliz yendo con el cura.
Ser su amigo le daba autoridad aunque no podría decir en qué forma. Siguieron andando sin volver a hablar, pero al llegar a la iglesia Paco repitió una vez más:
-¿Por qué no va a verlo nadie, mosén Millán?
-¿Qué importa eso, Paco? El que se muere, rico o pobre, siempre está solo aunque vayan los demás a verlo. La vida es así y Dios que la ha hecho sabe por qué.
Paco recordaba que el enfermo no decía nada. La mujer tampoco. Además el enfermo tenía los pies de madera como los de los crucifijos rotos y abandonados en el desván.
El sacerdote guardaba la bolsa de los óleos. Paco dijo que iba a avisar a los .vecinos para que fueran a ver al enfermo y ayudar a su mujer. Iría de parte de mosén Millán y así nadie se negaría. El cura le advirtió que lo mejor que podía hacer era ir a su casa. «Cuando Dios permite la pobreza y el dolor -dijo- es por algo.»
-¿Esa gente es pobre, mosén Millán?
-Sí, hijo.
-¿Muy pobre?
-Mucho.
-¿La más pobre del pueblo?
-Quién sabe, pero hay cosas peores que la pobreza. Son desgraciados por otras razones.
El monaguillo veía que el sacerdote contestaba con desgana.
-¿Por qué? -preguntó.
-Tienen un hijo que podría ayudarles, pero he oído decir que está en la cárcel.
-¿Ha matado a alguno?
-Yo no sé, pero no me extrañaría.
Paco no podía estar callado. Caminaba a oscuras por terreno desigual. Recordando al enfermo el monaguillo dijo:
-Se está muriendo porque no puede respirar. Y ahora nos vamos, y se queda allí solo.
Caminaban. Mosén Millán parecía muy fatigado. Paco añadió-
-Bueno, con su mujer. Menos mal.
Hasta las primeras casas había un buen trecho. Mosén Millán dijo al chico que su compasión era virtuosa y que tenía buen corazón. El chico preguntó aún si no iba nadie a verlos porque eran pobres o porque tenían un hijo en la cárcel y mosén Millán queriendo cortar el diálogo aseguró que de un momento a otro
el agonizante moriría y subiría al cielo donde sería feliz. El chico miró las estrellas.
-Su hijo no debe ser muy malo, padre Millán.
-¿Por qué?
-Si fuera malo, sus padres tendrían dinero. Robaría.
El cura no quiso responder. Y seguían andando.
Paco se sentía feliz yendo con el cura.
Ser su amigo le daba autoridad aunque no podría decir en qué forma. Siguieron andando sin volver a hablar, pero al llegar a la iglesia Paco repitió una vez más:
-¿Por qué no va a verlo nadie, mosén Millán?
-¿Qué importa eso, Paco? El que se muere, rico o pobre, siempre está solo aunque vayan los demás a verlo. La vida es así y Dios que la ha hecho sabe por qué.
Paco recordaba que el enfermo no decía nada. La mujer tampoco. Además el enfermo tenía los pies de madera como los de los crucifijos rotos y abandonados en el desván.
El sacerdote guardaba la bolsa de los óleos. Paco dijo que iba a avisar a los .vecinos para que fueran a ver al enfermo y ayudar a su mujer. Iría de parte de mosén Millán y así nadie se negaría. El cura le advirtió que lo mejor que podía hacer era ir a su casa. «Cuando Dios permite la pobreza y el dolor -dijo- es por algo.»
martes, 6 de abril de 2010
lunes, 5 de abril de 2010
domingo, 4 de abril de 2010
sábado, 3 de abril de 2010
viernes, 2 de abril de 2010
jueves, 1 de abril de 2010
Libros
De la Tierra a la Luna
Julio Verne

Un silencio imponente y aterrador pesaba sobre toda la escena. ¡Ni un soplo de viento en la tierra! ¡Ni un soplo en los pechos! Los corazones no se atrevían a palpitar. Todas las miradas convergían azoradas en la boca del columbiad.
Murchison seguía con la vista la manecilla de su cronómetro. Apenas faltaban cuarenta segundos para el momento de la partida, y cada uno de ellos duraba un siglo.
Hubo al vigésimo un estremecimiento universal, y no hubo uno solo en la multitud que no pensase que los audaces viajeros encerrados en el proyectil contaban también aquellos terribles segundos. Se escaparon gritos aislados.
-¡Treinta y cinco! ¡Treinta y seis! ¡Treinta y siete! ¡Treinta y ocho! ¡Treinta y nueve! ¡Cuarenta! ¡Fuego!
Inmediatamente, Murchison, apretando con el dedo el interruptor del aparato, estableció la corriente y lanzó la chispa eléctrica al fondo del columbiad.
Una detonación espantosa, inaudita, sobrehumana, de la que no hay estruendo alguno que pueda dar la más débil idea, ni los estallidos del rayo, ni el estrépito de las erupciones, se produjo instantáneamente. Un haz inmenso de fuego salió de las entrañas de la tierra como de un cráter. El suelo se levantó, y apenas hubo uno que otro espectador que pudiera entrever un instante el proyectil hendiendo victoriosamente el aire en medio de inflamados vapores.
Murchison seguía con la vista la manecilla de su cronómetro. Apenas faltaban cuarenta segundos para el momento de la partida, y cada uno de ellos duraba un siglo.
Hubo al vigésimo un estremecimiento universal, y no hubo uno solo en la multitud que no pensase que los audaces viajeros encerrados en el proyectil contaban también aquellos terribles segundos. Se escaparon gritos aislados.
-¡Treinta y cinco! ¡Treinta y seis! ¡Treinta y siete! ¡Treinta y ocho! ¡Treinta y nueve! ¡Cuarenta! ¡Fuego!
Inmediatamente, Murchison, apretando con el dedo el interruptor del aparato, estableció la corriente y lanzó la chispa eléctrica al fondo del columbiad.
Una detonación espantosa, inaudita, sobrehumana, de la que no hay estruendo alguno que pueda dar la más débil idea, ni los estallidos del rayo, ni el estrépito de las erupciones, se produjo instantáneamente. Un haz inmenso de fuego salió de las entrañas de la tierra como de un cráter. El suelo se levantó, y apenas hubo uno que otro espectador que pudiera entrever un instante el proyectil hendiendo victoriosamente el aire en medio de inflamados vapores.
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